La Argentina vivió este domingo una de las despedidas populares más impactantes de los últimos años. Carlos “Indio” Solari, ícono de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y figura central del rock nacional, fue velado en el Polideportivo José María Gatica, dentro del Parque Domínico de Avellaneda, en una jornada que combinó dolor, devoción, organización política y una multitud que volvió a transformar la despedida en una misa ricotera.

Desde temprano, miles de seguidores comenzaron a llegar a Villa Domínico para despedir al artista. La apertura estaba prevista para las 11, pero la cantidad de gente obligó a adelantar el ingreso. Con banderas, remeras, cánticos, flores y objetos personales, los fanáticos avanzaron durante horas para pasar apenas unos segundos frente al féretro.
Las estimaciones más fuertes hablaron de una convocatoria cercana al millón de personas en la zona, aunque el número final resultó difícil de precisar por el movimiento permanente de público. La fila llegó a extenderse durante varios kilómetros y, en algunos momentos, alcanzó las inmediaciones del Puente Pueyrredón, en una postal que volvió a mostrar la dimensión del fenómeno ricotero.
El operativo de seguridad fue uno de los puntos centrales de la jornada. El Ministerio de Seguridad bonaerense, junto al municipio de Avellaneda, desplegó efectivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, agentes de tránsito, personal sanitario, Defensa Civil, Bomberos y colaboradores. También se organizaron corredores de ingreso y egreso, postas sanitarias y un esquema especial para quienes llegaban desde distintos puntos del conurbano y del país.
El ingreso al predio se ordenó por la zona de avenida Bartolomé Mitre, con vallados y circulación dirigida para evitar desbordes. Pese a la magnitud de la convocatoria, la despedida se desarrolló mayormente en paz, con el clima propio de una peregrinación popular: espera, emoción, canciones y una identidad compartida alrededor de una figura que excedió largamente el plano musical.
Pero la despedida del Indio Solari fue también un hecho político. La organización del velatorio quedó atravesada por la intervención de dirigentes del peronismo bonaerense, especialmente Axel Kicillof y Máximo Kirchner, además del municipio de Avellaneda, conducido por Jorge Ferraresi. En torno a esa decisión se movieron gestiones, contactos con la familia, evaluación de sedes y definición de un dispositivo de seguridad capaz de contener una convocatoria masiva.
El gobierno nacional, por su parte, ofreció Tecnópolis como alternativa para realizar la despedida pública. Sin embargo, la organización terminó encaminándose hacia Villa Domínico, en territorio bonaerense, donde Provincia y Avellaneda tomaron el control operativo y político del homenaje. Esa definición también dejó una lectura inevitable: la despedida del Indio se convirtió en un escenario de diferenciación frente al gobierno de Javier Milei.
La militancia kirchnerista tuvo presencia visible en el lugar. Distintas agrupaciones llegaron con banderas, consignas y símbolos propios, buscando inscribir la figura de Solari dentro de una identidad política que él mismo, en distintos momentos de su vida pública, había acompañado con gestos y declaraciones. Así, el velatorio también fue utilizado como espacio de representación política, con sectores que lo reivindicaron casi como parte de su propio universo militante.
Esa apropiación convivió con la despedida genuina de miles de fanáticos que llegaron sin otra consigna que decir adiós. Familias, jóvenes, adultos, viejos seguidores de Los Redondos y nuevas generaciones compartieron la misma fila, bajo la lluvia y durante horas, para despedir a un artista que construyó una comunidad propia, hecha de canciones, códigos y pertenencia.
La última misa ricotera tuvo entonces varias capas. Fue velatorio, peregrinación, homenaje cultural y acto político. Fue la despedida de un músico que marcó a generaciones, pero también una demostración de poder simbólico en la calle, donde la cultura popular volvió a mezclarse con la disputa política argentina.
El Indio Solari, esquivo en vida y masivo hasta el final, fue despedido como pocas figuras de la cultura nacional. Villa Domínico quedó por unas horas convertida en el centro emocional del país. Allí, entre canciones, banderas y una multitud interminable, el pueblo ricotero tuvo su último encuentro con el artista que hizo de cada recital una ceremonia.





