Anoche en La Bombonera se jugó una de esas semifinales que invitaban a soñar para el hincha xeneize. Pero lo que se vio fue a un Boca impreciso, apático, sin profundidad, incapaz de generar peligro serio. Racing fue quien, con temple y pragmatismo, dominó el trámite y logró su objetivo: pasar a la final.
Desde el comienzo, el partido se desarrolló con fricción en el mediocampo, muchas interrupciones y poco ritmo. Boca intentó sostener la pelota, moverse por las bandas e inquietar con centros. Pero esos centros fueron casi siempre inofensivos: defectuosos en la ejecución o bien anticipados por la defensa rival. Nunca hubo combinaciones claras, remates decisivos o una idea ofensiva fluida. Racing, lejos de regalar espacios, acumuló números — tarjetas, marcas intensas, presión colectiva — y desactivó con firmeza cada intento del local.

El gol y la impotencia de Boca
La única jugada clara de Racing terminó sentenciando el partido. Tras un avance por la izquierda, un centro al área encontró a Adrián Martínez —que había estado en sequía goleadora— anticipando a la defensa y conectando un cabezazo letal. Así, 1-0, corazón de la Academia latiendo fuerte, y Bombonera enmudecida.
El tanto cayó como un baldazo de agua fría. Boca, ya sin chispa, intentó reaccionar con centros, con fuerza, con empuje. Pero todo fue muy desordenado: las ideas se perdieron, la definición no apareció, y la confianza del rival creció con el correr de los minutos. Racing se acomodó atrás, controló los espacios y dejó correr el reloj. En esa escena, Boca se desdibujó.
La decisión que inclinó la balanza: la salida de Exequiel Zeballos
Cuando Boca más lo necesitaba, su entrenador Claudio Úbeda decidió sacar a Zeballos, hasta entonces el jugador de mejor desequilibrio del equipo. Ese movimiento resultó incomprensible: con él en cancha, al menos había capacidad de intentar algo distinto. Sin él, Boca quedó sin sorpresa, sin gambetas, sin nada para romper la defensa rival.
Desde ese momento la versión de Boca ya no tenía argumento ofensivo. Faltó un plan alternativo, faltó un cambio que le devolviera profundidad, y faltó convicción. El equipo terminó obligado a mandar centros, a correr detrás del resultado, a apostar al balón aéreo — sin ideas.





