La Patagonia atraviesa uno de los temporales más violentos de los últimos años. Aunque los organismos meteorológicos mantienen estimaciones oficiales de ráfagas cercanas a los 140 o 150 kilómetros por hora, desde distintos puntos de la región se reportan registros que superan ampliamente esos valores: en zonas petroleras del sur de Chubut se habla incluso de ráfagas que habrían trepado por encima de los 300 kilómetros por hora, un nivel que para muchos habitantes fue directamente indescriptible.

El fenómeno se instaló entre Chubut y Santa Cruz con una fuerza inesperada. En ciudades como Comodoro Rivadavia el viento convirtió esquinas enteras en un torbellino de polvo y objetos volando, arrancó techos completos —incluso de grandes estructuras—, derribó postes, provocó cortes masivos de electricidad y dejó a amplios sectores sin agua. En Santa Cruz, la situación no fue menor: barrios enteros amanecieron con techos desprendidos, ventanales rotos y un entramado eléctrico devastado.
La violencia del viento también golpeó con dureza la zona costera. En el puerto de Caleta Paula, tres embarcaciones pesqueras artesanales terminaron hundidas después de ser sacudidas por un oleaje inusual generado por las ráfagas. Ninguna tenía tripulación a bordo, pero el daño económico es considerable y será necesario esperar a que el temporal afloje para iniciar las tareas de rescate.
Las rutas patagónicas quedaron casi paralizadas. La visibilidad reducida por nubes de polvo, sumada a ráfagas transversales imposibles de dominar, obligó a cerrar varios tramos estratégicos. En muchas localidades también se suspendieron las clases y se interrumpieron actividades públicas ante el riesgo de que cualquier objeto suelto —desde chapas hasta carteles— se transformara en un proyectil.

Detrás de este episodio extremo hay un sistema de muy baja presión que ingresó desde el Pacífico y que, al cruzar la cordillera, generó un corredor de viento seco y persistente. La combinación del aire frío en altura, la diferencia de presión y el arrastre desde el oeste creó la tormenta perfecta para potenciar ráfagas de carácter casi huracanado.
Las recomendaciones oficiales apuntan a reducir al mínimo la circulación: permanecer dentro de las viviendas, asegurar todo objeto que pueda volarse, evitar transitar cerca de árboles, postes o estructuras inestables y mantenerse alejados de ventanas durante los momentos de mayor intensidad.
Mientras se espera que el viento comience a disminuir de a poco, la región ya deja ver el impacto de un temporal que quedará en la memoria colectiva. El sur argentino está acostumbrado a los vientos fuertes, pero esta vez la Patagonia sintió un golpe distinto: uno que puso a prueba su infraestructura, su ritmo cotidiano y su capacidad de resistencia.





