San Lorenzo protagonizó una de las eliminaciones más duras de su historia reciente. En el Nuevo Gasómetro, ante su gente y con la ventaja de depender de sí mismo, perdió 1 a 0 frente a Deportivo Recoleta, un equipo paraguayo prácticamente desconocido para el gran público argentino, y quedó eliminado de la Copa Sudamericana en la última fecha de la fase de grupos.

El golpe fue tan inesperado como profundo. Al Ciclón le alcanzaba con empatar para seguir en competencia, pero ni siquiera pudo sostener ese resultado mínimo. Allan Wlk, a los 37 minutos del primer tiempo, marcó el único gol del partido y le dio a Recoleta una victoria histórica. Sobre el final, el propio autor del gol tuvo un penal para ampliar la diferencia, pero Orlando Gill lo contuvo.
Lo más llamativo de la noche fue el nombre del verdugo. Recoleta no es un gigante paraguayo ni mucho menos un habitué de las competencias continentales. Es un club de barrio de Asunción, con una historia mucho más ligada al ascenso que a los grandes escenarios internacionales. Apenas había jugado una vez en la Primera División paraguaya, en 2002, y tras años en categorías menores logró volver a la máxima división luego de un proceso que lo llevó desde la cuarta categoría hasta el primer nivel. Esta Sudamericana, de hecho, marcó su primera experiencia internacional.
Ese equipo, que llegó al Bajo Flores sin el peso de la historia pero con una oportunidad enorme por delante, terminó ganando el grupo. Recoleta cerró la fase con ocho puntos, producto de una victoria y cinco empates, y avanzó directamente a los octavos de final. San Lorenzo, en cambio, quedó tercero con siete unidades, detrás de Santos por diferencia de gol, luego de que el equipo brasileño goleara a Deportivo Cuenca.
La eliminación duele especialmente por el contexto. San Lorenzo llegó a la última fecha como líder del Grupo D, con siete puntos, invicto y con la chance de clasificarse de manera directa a octavos. La tabla previa lo ubicaba arriba de todos: San Lorenzo tenía 7 puntos, Deportivo Cuenca 6, Recoleta 5 y Santos 4. Es decir, el equipo de Boedo tenía el escenario servido. Pero perdió el partido que no podía perder.
En el desarrollo, el Ciclón tuvo la pelota, empujó y buscó el empate, pero volvió a mostrar un problema que lo persiguió durante buena parte del semestre: la falta de resolución en los metros finales. Generó aproximaciones, acumuló córners, metió cambios ofensivos, pero nunca logró transformar el dominio territorial en eficacia. Recoleta, en cambio, hizo lo que tenía que hacer: golpeó en el momento justo, resistió y convirtió una noche que parecía imposible en la más importante de su historia deportiva.
Para San Lorenzo, las consecuencias deportivas son inmediatas. Se quedó sin competencia internacional antes de los cruces eliminatorios, perdió una oportunidad económica importante y dejó escapar un torneo que podía funcionar como sostén anímico y futbolístico en medio de una etapa cargada de exigencias. Quedar afuera en fase de grupos, de local y ante un rival sin recorrido continental, instala una frustración difícil de disimular.
Pero el impacto no es solo futbolístico. La derrota golpea también en el plano institucional. San Lorenzo atraviesa desde hace tiempo un clima de tensión interna, con cuestionamientos a la conducción, dificultades económicas y una relación cada vez más sensible entre dirigentes, plantel e hinchas. En ese marco, una eliminación de esta magnitud no cae como un accidente deportivo, sino como otro síntoma de un club que no logra estabilizarse.
El resultado deja expuesto a todos. Al cuerpo técnico, porque no pudo resolver un partido accesible en los papeles. Al plantel, porque falló en una noche decisiva. Y a la dirigencia, porque cada eliminación internacional reduce margen político, recursos y credibilidad. Perder siempre puede pasar; quedar eliminado en casa ante Recoleta, no.
San Lorenzo tenía todo para seguir en la Copa Sudamericana y terminó afuera. Del otro lado no estaba un gigante continental, sino un club humilde, ordenado y debutante en este nivel. Esa es, precisamente, la dimensión del golpe: el Ciclón no fue eliminado por la historia de un rival poderoso, sino por la realidad de un equipo menor que entendió mejor la noche y dejó a Boedo sumido en otra crisis.





