Todos conocíamos a Hugo. De la noche, de la panadería, del centro, de algún algún lado teníamos esa sonrisa permanente, esa palabra amable. No se necesitaba de una charla de horas, alcanzaba un saludo, un comentario, para darse cuenta que estabas ante un gran tipo cada vez que nos cruzábamos a Hugo.

Este domingo se conoció la noticia de su fallecimiento, a los 73 años, lo que generó un profundo pesar en Tres Arroyos. De perfil bajo y carácter afable, Hugo Scattone construyó a lo largo de su vida un vínculo cercano con la comunidad, sostenido en la calidez, la generosidad y una permanente disposición al encuentro.
Nacido en Tres Arroyos, con raíces familiares en De la Garma y Orense, pasó su infancia y adolescencia en Cascallares. Allí comenzó a gestarse una historia marcada por la música, que lo acompañaría siempre. Se definía como “musiquero”, más que músico, pero lo cierto es que cantó, tocó y, sobre todo, promovió el arte con una pasión que dejó huella.
Su nombre quedó asociado a “Timoteo”, el espacio que impulsó frente al Parque Hotel y que se convirtió en un punto de referencia para la cultura local. Por su escenario pasaron artistas de distintas trayectorias y estilos, en un clima cercano, casi familiar, donde la música era el eje pero también la excusa para el encuentro. Con el tiempo, ese rol de anfitrión y gestor cultural se consolidó como una de sus facetas más recordadas.
Paralelamente, desarrolló su actividad en el rubro gastronómico. Incursionó en la panadería tras aprender el oficio desde cero, y más tarde impulsó emprendimientos propios como la confitería Amaretto, siempre con una mirada puesta en ofrecer algo distinto y en generar espacios agradables para la comunidad.
Ya en otra etapa de su vida, abrió un local de venta de instrumentos musicales, un proyecto que le permitió unir trabajo y vocación. Sin estructuras rígidas ni horarios fijos, ese lugar funcionó también como punto de encuentro para músicos y aficionados, en sintonía con su forma de ser.
Quienes lo conocieron destacan su sencillez, su permanente buen trato y su capacidad para tender lazos. Su casa, convertida en un espacio de reuniones y peñas, reflejaba esa identidad: puertas abiertas, música y amistad como valores centrales. La familia, sus amigos y cada persona que pasó por su vida ocuparon siempre un lugar prioritario.
Se le fue a Tres Arroyos uno de sus mas queridos personajes, esos tipos que son amigos de todos, desde siempre, que eran parte de nuestro paisaje diario y que a partir de hoy será parte de nuestros mejores recuerdos.





