Por Nacho García Zurita
Dentro del variado e inclasificable espectro de los subgéneros novelísticos encontramos el género distópico, un género centrado en señalar los aspectos negativos de la sociedad en un futuro donde la tecnología es utilizada para controlar, aislar y alienar al individuo.

Desde luego, no va a faltar el ansioso de siempre que dirá que las novelas hoy reseñadas, 1984 y Fahrenheit 451, fueron una crítica de sus autores a los estados estalinista y nazi respectivamente. Y el ansioso, en este caso, tiene razón pero lo que no logra ver es que ambas novelas trascendiendo sus particularidades, que desde luego no son pocas, constituyeron en su momento una voz de alarma frente al rumbo que la sociedad parecía seguir. Y siguió por momentos…


En 1984 el escritor británico George Orwell nos presenta a un tal Winston Smith, la versión inglesa de Juan Pérez, que trabaja en el Ministerio de la verdad de un estado totalitario que comprende varios países, y que tiene como función reescribir, re versionar y cambiar la historia según las conveniencias del momento. Todos los habitantes son observados y controlados por un líder omnisciente y omnipresente que es el Gran Hermano. Pensar, cuestionar y preguntar son acciones peligrosas que pueden conducir a la no existencia. En el mundo de Winston el vocabulario año tras año es reducido en una nueva edición del manual del partido, porque el vocabulario expresa ideas y las ideas son peligrosas.

En Fahrenheit 451 el escritor estadounidense Ray Bradbury nos presenta a Guy Montag, un bombero responsable y obediente que se dedica junto a sus compañeros del cuartel a incendiar viviendas. O mejor dicho, a incendiar viviendas donde hay o se sospecha que se guarden libros. Porque en el mundo de Montag no hay acto más subversivo para los gobernantes que la lectura.
1984 y Fahrenheit 451 en su momento, y por mucho tiempo, parecieron ser profecías de lo que nos aguardaba en el futuro. Sin embargo, iniciado el siglo XXI fueron perdiendo fuerza en su carácter distópico porque fueron ampliamente superadas por una sociedad posmoderna en la cual no hace falta quemar los libros y no molestan las preguntas, principalmente porque la mayoría de los individuos desde la infancia deciden autoalienarse con unas pequeñas computadoritas que caben en la palma de la mano y tienen entre sus ancestros a uno que un tal Alexander Graham Bell llamó teléfono.
–La realidad siempre supera la ficción –escucho afirmar autosuficiente al ansioso de siempre antes de finalizar esta reseña.
Libro: 1984 (1949) de George Orwell.





