Por Nacho García Zurita
Hay libros que envejecen, que lentamente van languideciendo con el cambio de los tiempos, con una sociedad cada vez más líquida en términos del filósofo contemporáneo Zygmunt Bauman. Las historias que contienen dichos libros se vuelven anodinas, extemporáneas, triviales. E incluso algunos muy buenos libros, best sellers de antaño envejecen volviéndose sombras, imitaciones de mala calidad, de lo que alguna vez representaron. Sin embargo, hay muchos otros libros que el paso del tiempo no doblega, se mantienen firmes y convincentes en las historias que cuentan, y orgullosos ven pasar los calendarios sin perder un ápice de fuerza en su contenido.
El libro que hoy nos ocupa fue publicado en 1970 por el afamado y prolífico escritor judío estadounidense León Uris y tiene como epicentro de la historia los juicios a los criminales de guerra, en lo que se refiere al holocausto del pueblo judío en este caso, no hay que olvidar que también fueron asesinados, miles y millones de gitanos, lisiados, deficientes mentales y eslavos, solo por citar algunos grupos. El disparador y elemento articulador de la obra es, lo que parece en un principio una insignificante demanda por injurias de un médico polaco, ex prisionero de un campo de concentración a un escritor judío-americano, quien en un libro sobre los campos de concentración, nombra en una mísera página a dicho médico, como colaborador de los experimentos nazis. A partir de ese incidente Uris, nos llevará en un vertiginoso descenso a la profundidad y soledad de la conciencia humana. Al dilema ético, en que muchas personas, en condiciones extremas, fuera de cualquier ley y convenciones sociales, son obligadas a optar entre sobrevivir, a costa del daño o asesinato de otros seres humanos o morir por no obedecer.
El dilema planteado por Uris trasciende la propia historia de los crímenes de lesa humanidad de la Segunda Guerra. Es un dilema universal en el que se puede inscribir muchos hechos de la historia, como no pensar en la tan cercana y conocida por los argentinos Ley de Obediencia Debida.

Uris afirma “hay un momento en la experiencia humana en que la vida de uno mismo no tiene ya sentido, si se dirige a la mutilación y el asesinato de su prójimo. Hay una línea de demarcación de la moralidad que nadie puede cruzar, si quiere seguir considerándose miembro de la especie humana…”
Estimados lectores, la mesa ha sido servida… si sus conciencias digieren tamaño bocado y, después de todo, logran llegar a un juicio sincero, pues entonces: ¡Salud y buen provecho!





