¿Quién fue Martín Miguel de Güemes?
Cada 17 de junio, Argentina recuerda la muerte de Martín Miguel de Güemes, un héroe que, aunque esencial en la lucha por la independencia, fue durante años apenas una nota al pie en los manuales escolares. No era de Buenos Aires. No vistió de galera ni de uniforme con charreteras doradas. No peleó en salones. Peleó en la tierra seca del norte. A caballo. Con los suyos. Con el pueblo.
Güemes nació en Salta en 1785 y murió en esa misma tierra 36 años después, en 1821, tras ser herido por las fuerzas realistas que intentaban retomar el control del Alto Perú. Su figura condensa varias cosas a la vez: caudillo, militar, gobernador popular, estratega de guerrillas. Pero sobre todo, un patriota profundamente comprometido con la causa de la independencia.

El general que el centro olvidó
¿Por qué se habla poco de Güemes? Tal vez porque su historia no se escribió en las tertulias de Buenos Aires. Porque no fue parte de las élites porteñas. Porque representó a una Argentina del interior profundo, que no solo luchó contra los realistas, sino también contra el centralismo porteño.
Mientras San Martín planeaba la campaña libertadora en Cuyo y cruzaba los Andes hacia Chile, Güemes defendía con uñas y dientes la frontera norte, impidiendo que los españoles volvieran a ocupar el noroeste argentino. Fue gracias a su acción —y a la de los llamados “Infernales”, sus soldados gauchos— que San Martín pudo dedicar sus fuerzas a la campaña de los Andes sin temer una invasión por la retaguardia.
Su lucha fue constante, irregular, intensa. Inventó la guerra de guerrillas criolla, adaptada al terreno y al alma de los gauchos salteños. No tenía grandes ejércitos ni recursos estatales. Tenía pueblo. Una alianza entre un líder carismático y una población decidida a defender su tierra. Y eso fue suficiente para frenar a los realistas durante años.
Güemes, el caudillo del norte
Martín Miguel de Güemes no fue sólo un general. Fue también gobernador de Salta durante seis años, elegido por aclamación popular. Un adelantado a su tiempo, promovió reformas sociales, reorganizó la economía local y enfrentó a los sectores de poder que no querían ver al gaucho armado ni al pobre con voz. Fue amado y odiado. Como todo líder que transforma. Como todo caudillo que no pide permiso.
Su carácter era decidido, tenaz, cercano. Vestía como el pueblo, hablaba como ellos. Tenía conciencia de clase, aunque esa categoría aún no existiera. Defendió no sólo la patria, sino también la justicia social que la patria necesitaba para ser verdadera.
Un legado que Salta no olvida
En su tierra, Güemes no es una fecha ni una estatua: es identidad viva. Cada 17 de junio, en Salta, miles de personas lo honran con marchas, fogones y vigilias. Desde los cerros bajan gauchos a caballo, vestidos de época, para recordar su gesta. No como un ritual vacío, sino como un modo de reafirmar el orgullo de una provincia que muchas veces fue olvidada por el poder central, pero que nunca olvidó a su héroe.
La “Guardia Bajo las Estrellas” —la noche del 16 de junio— es uno de los momentos más emotivos del calendario salteño: jóvenes, familias, militares y civiles se reúnen a esperar el aniversario de su muerte como quien espera al padre que fundó la casa.
¿Qué puede decirnos Güemes hoy?
En un país atravesado por la desconfianza, las grietas y el desencanto con la política, la figura de Güemes nos devuelve una idea potente: la de la política como servicio, como entrega, como defensa del bien común. Un líder que no especuló, que no traicionó, que puso el cuerpo —literalmente— por sus ideales.
También nos recuerda el valor de una Argentina federal y justa, donde cada región tenga voz, y donde el interior no sea siempre el último vagón del tren. Nos enseña que la unidad no se impone desde un escritorio, sino que se construye en el barro, en la escucha, en el respeto a las diversidades.
“El que no se anime a morir por la patria, no merece llamarse su hijo”, dijo alguna vez Güemes. Y aunque el país de hoy no exige esa clase de heroísmo literal, sí necesita recuperar algo de esa ética. De ese compromiso. De esa idea de patria que no se reduce a una bandera, sino que se expresa en los actos.
Martín Miguel de Güemes murió desangrado en la Quebrada de la Horqueta, pero su legado sigue vivo. No sólo en Salta. No sólo en el norte. Sino en todos los que creen que la libertad, la justicia y el coraje no pasan de moda.





