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jueves 19 de marzo de 2026

No todos somos padres, pero todos somos hijos.

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Hay vínculos que no se eligen, y sin embargo nos definen. Ser hijo no es una decisión: nacemos en ese lugar. El padre —presente o ausente, biológico o del corazón, cercano o lejano— ocupa un lugar fundante en la historia emocional de cada persona. Por eso, aun cuando no todos llegamos a ejercer la paternidad, todos conocemos la experiencia de ser hijos. Y desde ahí, cada tercer domingo de junio, recordamos, agradecemos, cuestionamos, perdonamos o extrañamos.

El Día del Padre no se celebra sólo por el rol biológico de quien dio origen a nuestra existencia. Se celebra, sobre todo, por lo que ese rol puede llegar a significar en términos afectivos, humanos y simbólicos. Ser padre no es simplemente engendrar. Es estar. Es sostener. Es formar. Y a veces, también, es aparecer en lugares donde la biología no llegó, pero sí el afecto: un padrastro que acompañó, un abuelo que cuidó, un hermano mayor que guió. Porque los vínculos que realmente importan no siempre vienen del ADN, sino del compromiso cotidiano.

La historia de esta celebración tiene raíces en Estados Unidos, a comienzos del siglo XX, cuando una mujer llamada Sonora Smart Dodd quiso homenajear a su padre, un veterano de guerra que había criado solo a sus seis hijos tras la muerte de su esposa. En 1910, se celebró el primer Día del Padre en Spokane, Washington. La idea fue ganando espacio, y décadas más tarde se adoptó en muchos países como una fecha oficial. En Argentina, se celebra el tercer domingo de junio, aunque su fecha original (aunque no institucionalizada) recordaba al General San Martín como padre de su hija Merceditas.

Con el paso del tiempo, la fecha fue ganando una capa comercial, pero también mantiene su valor íntimo y social: es un día para reflexionar sobre lo que significa cuidar, estar, acompañar. Para algunos, será motivo de festejo; para otros, de nostalgia o incluso de dolor. Pero en todos los casos, es una invitación a pensar en ese primer vínculo que nos ayuda —o nos cuesta— ser quienes somos.

El psicólogo francés Boris Cyrulnik, experto en resiliencia, lo resume con claridad: “Lo que da sentido a la vida no es el origen, sino el vínculo.” Esa frase desarma prejuicios y al mismo tiempo enaltece el valor de construir relaciones afectivas sanas. Porque no se trata sólo de tener un padre, sino de haber tenido un lazo. Uno que contenga, que enseñe, que ponga límites desde el amor y no desde el miedo. Uno que permita crecer sin romperse por dentro.

En un mundo fragmentado por el individualismo y la desconfianza, las relaciones sólidas entre padres e hijos son más que una cuestión familiar: son la base sobre la que se construyen comunidades más empáticas, respetuosas y sanas. Cuando ese vínculo funciona, es una escuela de humanidad. Cuando se repara, es una oportunidad. Cuando falta, es una herida que también nos interpela como sociedad.

Por eso, más allá del regalo o del almuerzo del domingo, el Día del Padre es también un recordatorio: que en el afecto bien ejercido, en la presencia real, en la escucha sincera, puede nacer no sólo un buen padre, sino también un buen hijo. Y en esa relación, quizás, la posibilidad de una sociedad mejor.

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