Por Javier Kristensen.
A las 7.35 hora de Roma, 2.35 hs. de nuestro país, murió Jorge Bergoglio. Nuestro Papa Francisco. Tenía 88 años, había atravesado una crisis de salud en los últimos meses, y se lo vio por última vez el Domingo de Pascua, 24 horas antes de fallecer.
Había sido proclamado Sumo Pontífice de la Iglesia Católica el 13 de marzo de 2013, y en su primer mensaje al mundo dejó la frase que lo acompañará para siempre: Recen por mi.
Se escribirán miles de crónicas sobre su vida, su pontificado, sus reformas, pero esta es la hora de vivenciar su legado. Francisco pasó «haciendo lío», como les dijo a los jóvenes hace ya algunos años. La Iglesia no podrá ignorar su revolución de cambios, y el tiempo irá poniendo cada uno en su lugar.
Su impronta de cura callejero, la mantuvo desde su ordenación en la Orden Jesuita, pasando por su ministerio como Obispo de Buenos Aires y manteniéndola como Pastor de la Iglesia Católica. Así como le gustaba viajar en colectivo mientras era Obispo, rechazó todos los ornamentos faustos del papado, desde los zapatos rojos hasta las habitaciones vaticanas. Vivió como era, humilde, pero disruptivo, cercano, pero implacable, amoroso, pero firme.
Vendrán días de análisis de su pontificado, hasta de críticas y alabanzas. Hoy recemos por el argentino mas importante que ha tenido el mundo, tan argentino que no pudo nunca escindir su mirada pontificia de las miserias terrenales de este país. Un nuevo pastor conducirá la Iglesia Católica en los próximos días, y ya no podrá ignorar a los que sufren de hambre, de pena, de dolor, de amor, de enfermedad, de injusticia. Porque mas allá de todo Francisco fue un Papa-hombre, sensible al sufrimiento y portador de ilusión.
Su última palabra en público fue «Felices Pascuas», Dios le regaló poder despedirse de su pueblo. El hoy dio ese paso que lo deposita en la paz que tantas veces soñó y que tantas batallas dio por conseguirla.





