La muerte de Carlos “Indio” Solari, ocurrida durante la mañana del viernes, provocó una reacción popular inmediata y masiva. Miles de seguidores se reunieron en Plaza de Mayo para despedir a una de las figuras más influyentes de la cultura argentina, en una convocatoria espontánea que mostró la dimensión social, musical y afectiva de un artista que marcó a varias generaciones.

La llamada “misa ricotera” reunió banderas, remeras, bengalas, canciones y lágrimas. No fue un recital, pero tuvo la intensidad de aquellos encuentros que durante décadas convirtieron cada presentación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y luego del Indio como solista, en un fenómeno difícil de comparar dentro de la música popular argentina.
Solari falleció a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Desde hacía años convivía con el Parkinson, enfermedad que él mismo había hecho pública en 2016 y que lo había alejado de los escenarios. Su última presentación multitudinaria había sido en Olavarría, en 2017, una noche atravesada por la convocatoria histórica y también por la tragedia.
La noticia de su muerte generó repercusiones en todo el país. Medios nacionales reflejaron mensajes de despedida de artistas, dirigentes, referentes del deporte, organizaciones sociales y seguidores que encontraron en sus canciones una forma de identidad. También se multiplicaron homenajes en plazas y espacios públicos, como expresión de un duelo que excedió largamente el mundo del rock.
En Plaza de Mayo, los fanáticos cantaron clásicos de Los Redondos y de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Hubo altares improvisados, fotos, velas y frases que forman parte del lenguaje ricotero. La escena volvió a confirmar que la relación entre Solari y su público fue mucho más que la admiración por un músico: fue una pertenencia cultural construida durante décadas.
Pocas figuras públicas en la historia argentina lograron movilizar a sus seguidores con esa intensidad. El Indio fue, para miles, un artista de culto y al mismo tiempo un fenómeno masivo. Su obra combinó poesía, rock, independencia, misterio y una forma de conexión directa con sectores populares que encontraron en sus letras una manera de decir lo propio.
Los Redondos construyeron desde La Plata una leyenda que creció lejos de las reglas tradicionales de la industria musical. Sin grandes apariciones televisivas, sin exposición permanente y con una estética propia, lograron convocatorias enormes y una fidelidad pocas veces vista. Cada recital fue leído por sus seguidores como una ceremonia, y de allí nació la expresión “misa ricotera”.
La despedida en Plaza de Mayo tuvo ese mismo tono: una ceremonia callejera, colectiva y profundamente argentina. No hubo escenario ni cantante, pero las canciones ocuparon el centro de la escena. En cada coro apareció la dimensión de una obra que atravesó generaciones y que seguirá sonando como parte de la memoria cultural del país.
Con la muerte del Indio Solari se cierra una etapa central del rock nacional. Pero la respuesta de sus seguidores dejó claro que su figura seguirá viva en las canciones, en los barrios, en las banderas y en esa comunidad ricotera que volvió a reunirse para despedirlo como lo hizo siempre: cantando.





