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Tres Arroyos
miércoles 18 de marzo de 2026

En una jura con ribetes escandalosos se conformó el nuevo Congreso Nacional.

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El Congreso nacional inauguró este miércoles una nueva etapa con la asunción de 127 diputados, en una ceremonia que debía ser solemne y representativa, pero que terminó convertida en un verdadero espectáculo político. Con la nueva composición, La Libertad Avanza quedó como la fuerza con mayor cantidad de legisladores, seguida por Fuerza Patria, lo que marca un reordenamiento profundo del mapa parlamentario y anticipa un tiempo político distinto para el oficialismo, ahora con mayoría propia.

La sesión estuvo lejos de la sobriedad que se supone para un acto institucional de esta magnitud. Entre cánticos partidarios, consignas coreadas desde los palcos y aplausos dirigidos, el recinto se transformó por momentos en una cancha de militancia. Y no faltaron situaciones insólitas que terminaron opacando el sentido formal del recambio legislativo.

Uno de los episodios más comentados fue el juramento de Nicolás del Caño, quien usó su turno como una tribuna política: encadenó consignas internacionales, denuncias contra el gobierno, referencias a causas sociales y críticas hacia líderes extranjeros. Su intervención derivó en gritos cruzados con otros legisladores y terminó con un gesto desafiante que encendió aún más el clima. Lo que debía ser una fórmula de rigor se convirtió en un acto de protesta que desató abucheos y discusiones en el recinto.

A eso se sumó un momento aún más bochornoso: el comentario de un legislador, captado por un micrófono abierto, en el que se lo escuchó decir “qué buena que está” durante la jura de una diputada. La frase generó indignación inmediata entre sus pares y expuso un nivel de liviandad impropio de un representante público en plena sesión constitutiva. Aunque luego intentó minimizarlo, el daño ya estaba hecho y el episodio se instaló como una de las postales más incómodas del día.

También se repitieron juras extravagantes, declaraciones fuera de protocolo y expresiones que mezclaron tribuna, militancia y protagonismo personal. Todo ello alimentó una sensación generalizada: el recambio legislativo terminó rodeado de escenas que poco tienen que ver con la seriedad y el respeto institucional que se espera de un poder del Estado.

Como corolario, la jornada dejó una imagen preocupante de la vida parlamentaria: un Congreso que inicia su ciclo envuelto en escándalos, exabruptos y gestos impropios del ámbito legislativo. Más allá del desorden, el oficialismo encara ahora un nuevo tiempo con una mayoría que le permite impulsar su agenda, pero también con el desafío de recomponer la autoridad simbólica de un cuerpo que, en su primer día, se pareció demasiado a un espectáculo y muy poco a la casa de las leyes.

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