Por Eduardo Omar Alonso.
Con el mote “El Rey del Engrudo” pasó al anecdotario local Juan Serrats, oriundo de Vilafán, Cataluña, España.

Acentuaba su origen catalán, no español, aplicando lo que consideraba su lengua y renegando que fuera simplemente un dialecto.
Venida al país toda la familia antes de la Primera guerra mundial, José Taberner tenía la corresponsalía del diario La Nación, de la Capital Federal, la que cedería a favor de su cuñado, el citado Juan Serrats.
Todo esto ocurría antes de la llegada a Tres Arroyos de dos canillitas porteños, Mancuso y Davantés, que manejaron durante décadas la distribución de diarios y revistas y el último mencionado fuera corresponsal de varios diarios de la metrópoli.

Serrats era un “bon vivant”, despreocupado y viviendo el presente con intensidad.
Cuando las colectividades afianzaban su presencia en la sociedad a través de entidades de socorros mutuos y diversidad de actividades, él era un eterno presente en el salón de naipes y en los bailes del Club Español, por entonces en los altos de aquel fantástico Teatro Español que fuera catalogado entre los dos o tres mejores, tanto arquitectónicamente como en funcionalidad dentro de la Provincia.
Él vivía las madrugadas.
Su reducto diurno era el Bar Tortoni para el cafecito y los partidos de billar, tertulias con amigos, como se estilaba por entonces.
Para encontrarse con sus coterráneos, aquel “don Paco”, que tenía el kiosco, cigarrería y diarios en el hall del cine Tortoni. O con Vives, el peluquero, amigos todos.
Lo conocían por “El Noy”, el muchacho, por su origen.
Bonachón, dicharachero, dos elementos hacían saber anticipadamente su presencia: su risa explosiva o la nube de humo de su eterno toscano.
Otro elemento presente permanentemente en su vida era el fernet.
Alto, de buen porte, de caminar muy erguido, la panza sin embargo le jugaba en contra. Colorado de cara, lampiño y de reluciente pelada, siempre con su “Avanti”.
Era alegre y animoso, aún en las malas. Difícil verlo enojado pero muy bravo como buen catalán cuando lo estaba.
Fue bautizado como “El rey del engrudo”, por su trabajo.
Hoy sería catalogado como agente de publicidad donde era patrón y empleado cuando la propaganda era directa son sobres dirigidos y entregados a domicilio en mano, reparto de volantes, etc. Era un gran caminador.
Pegatinas de grandes afiches en paredones, mecanismo muy importante y utilizado sobre todo por las diferentes empresas de cigarrillos.
Hacia mediados de los 40 en las playas de Claromecó recorría con zapatos de vestir y con una enorme caja, entregando frasquitos diminutos que contenían muestras gratis de un bronceador de una marca muy conocida de la época.
Gran jugador de billar siempre contaba que le había ganado a “Carrerita”. Claro que antes que este se consagrara como el gran campeón mundial en la especialidad a tres bandas.
Su último reducto para jugar billar fue Centro Estrada donde solía hacerlo con el reverendo Rómulo Digiorno.
Murió pobre y olvidado.
La crónica precedente fue elaborada gracias a los datos aportados por el señor Gerardo Ciarrocca, también fallecido.
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