Por Javier Kristensen
Argentina vive horas dramáticas. En medio de la tarea de sobrevivir cada día como se puede en un país donde los proyectos duran lo que dura un corto invierno quizá no se advierta la trascendental importancia de la insignificante elección del domingo 26.
Los países estables transitan las elecciones de medio término como un «ajuste» del camino trazado por el gobierno de turno, ya sea para afianzar el rumbo o para modificarlo levemente en caso de recibir un revés electoral.

Argentina suma a sus desventuras crónicas de partidos políticos vaciados y figuras políticas desfiguradas la impuesta necesidad de ir a votar cada un año y medio, por lo que cada menos de un año la política se enfrasca en las campañas, razón por la cual la gobernabilidad vive amenazada por un sistema ideado por y para la política, que se mira el ombligo de sus propias necesidades sin siquiera figurarse ni acordarse ni saber, que el único fin de la política es que todos vivamos mejor.
El kirchnerismo flageló al país con mas 20 años de un sistema de poder donde la corrupción fue la práctica esencial y constitutiva de su práctica política. No se consiguen ejemplos a nivel mundial de un grupo que gobierne un país durante tan largo tiempo bajo un sistemático plan de aniquilación de todos los valores que una sociedad necesita para subsistir en buena forma. No dejó arista de la vida pública sin coptar con ideología que servía de base a la justificación de sus delitos. La seguridad, la educación, la justicia, la economía, la política, todo el conjunto de valores de una sociedad trastocados por un simple lema: «Somos los únicos que traemos felicidad al pueblo. No importa como.» Y como todos nos consideramos pueblo y todos queremos estar mejor, son la solución ideal para todas las necesidades.
Una sociedad ya agotada y que todavía conserva algo de su conciencia comunitaria decidió cambiar de rumbo, y eligió entre lo que había, porque lo que había era lo único que había podido crecer en el desbastado jardín socio-político de Argentina. Allí fue Milei con su diatriba de orden económico y su indigencia de modales, empatía y saber-hacer. Ordenó la macro, pero olvidó la micro. Destrató opositores, y maltrató aliados. Se creyó único mesías del futuro argentino y con el desparpajo de los arrogantes no le alcanzó con perder la elección provincial a manos del siempre vivo kirchnerismo, sino que sostiene como candidato en esa misma provincia a quien ha reconocido ser financiado por narcotraficantes. Justo en los días donde tratamos de asimilar como seres humanos la atrocidad del triple crimen de Florencio Valera, síntesis escalofriante de ausencia absoluta del estado ante la ignominia del narcotráfico. El mismo estado gobernado desde hace mas de 40 años por quienes acaban de ganar la elección.
Nuestro drama es tan profundo que casi nadie advierte estas conexiones. Milei omite hacer lo que cualquier persona sensata y de bien haría: retirar de la contienda electoral a un candidato que recibió dinero del narcotráfico. El kirchnerismo entona como hit de este tiempo «Karina sos coimera», sin importarle un bledo que la jefe política esté presa con sentencia de la Corte Suprema de Justicia por corrupta, que su vicepresidente Amadao Bodou haya cumplido condena por corrupción, igual destino que Lázaro Baez, Julio De Vido, José López, Baratta, etc.. Sus candidatos actuales manchados por la historia y por las causas. Taiana un ex Montonero vinculado a crímenes horrendos aunque nunca procesado por esos hechos, y Grabois, procesado -y complicado- por hechos de corrupción con ayuda social. «Cringe» en vocabulario joven. «Atorrantes» en lunfardo.
Otra vez estamos a la deriva. Otra vez a votar «en contra de» o «enojados con». Otra vez la política argentina muestra su incapacidad profunda por construir proyectos. Otra vez lo individual sobre lo colectivo. Otra vez entre dos abismos, otra vez ante el drama del vacío y la nada.





