El lunes 8 de septiembre amaneció cargado de tensión en los mercados tras la contundente derrota legislativa del gobierno en la provincia de Buenos Aires. Los activos argentinos no tardaron en reflejar el tsunami: la Bolsa porteña se desplomó más de un 12 %, los ADR que cotizan en Wall Street cayeron entre un 20 % y 24 %, y los bonos en dólares perdieron hasta un 10 %, mientras los rendimientos escalaron por encima del 12 %. En paralelo, el tipo de cambio oficial dio un salto del 3 % al 4 %, cerrando en torno a los $1.425, y el riesgo país superó los 1.100 puntos. La presión sobre el peso y las reservas se intensificó al mismo ritmo que creció la incertidumbre sobre la continuidad del plan económico del gobierno.

Desde temprano, el dolar oficial mayorista cotizó cerca de $1.418, pero algunos bancos privados lo ofrecieron momentáneamente a $1.470. La tendencia alcista se completó en los mercados financieros globales, donde una ola de ventas precipitó la baja de títulos públicos y acciones argentinas.
El gobierno no demoró en reaccionar: el Presidente convocó a una reunión de gabinete apenas pasada la mañana y mantuvo un encuentro con directivos del Banco Interamericano de Desarrollo. Sin embargo, evitó dar señales de cambios en su estrategia macroeconómica; el ministro de Economía ratificó el rumbo, aunque los inversores empiezan a dudar de su viabilidad a corto plazo.
Fue un lunes negro que recordó episodios previos de convulsión económica, con mercados que reaccionaron al resultado electoral como a una señal de redefinición política. El oficialismo afronta ahora una carrera contrarreloj hacia octubre, con parte de su programa bajo cuestionamiento y los yuyos de los analistas financieros pendiendo sobre su estabilidad.





